Ante más de 200.000 espectadores que, como era costumbre, habían “reventado” el circuito de Nurburgring, muy distinto al actual que utiliza la categoría en anualmente. El trazado alemán contaba con 172 curvas y tenía una extensión de 22 kilómetros. De modo que, cada vuelta demoraba más de 9 minutos en completarse, llegando a tener la competencia una duración de 3 horas y media. Y si a esto, le agregamos que Fangio para ese entonces tenía 46 años, estamos ante la certeza de que, esa victoria, tuvo carácter de hazaña. En aquel momento, el argentino había conseguido 4 títulos mundiales y era el líder indiscutido de la categoría, pero los jóvenes Mike Hawthorn y Peter Collins amenazaban el dominio del piloto de Maserati (logró finalmente cinco títulos con cuatro marcas distintas: Alfa Romeo, Mercedes Benz, Ferrari y Maserati). Y si se modificó de una manera tan abrupta, mucho tuvo que ver el hecho de que el circuito se haya cobrado la vida de Onofre Marimón y Peter Collins y que Niki Lauda saliera vivo de milagro de su Ferrari convertida en una bola de fuego.

Fangio había partido en la primera posición, relegando en la clasificación del sábado a Hawthorn, Collins, Musso y Moss. El piloto de Balcarce hacía una carrera tranquila hasta ese momento, acumulando una ventaja tranquilizadora con respecto a sus rivales. Pero en ese circuito, los neumáticos iban a jugar un papel fundamental. Es que aquel GP tiene notorios encantos. La confrontación técnica inigualable entre tres marcas como eran Ferrari, Maserati y Vanwall, con debilidades incluidas. Ferrari calzaba Englebert, un neumático muy duro que soportaba la carrera, pero complicándoles el manejo a sus pilotos.
Maserati usaba el caucho más blando de Pirelli, que si bien le permitía rodar más rápido, en la contraprestación solicitaba el cambio porque se deshacía con la distancia. Y parar significaba perder tiempo. Vanwall era un auto en crecimiento que venía pitando fuerte y ganando. Por añadidura, Nurburgring, con sus 172 curvas, sumaba una topografía que trepaba y descendía dando vueltas como borracha, ofreciendo el banco de pruebas más duro que tenía la F1 que como tal, era nueva.
En Maserati se verificaba que había que parar para cambiar las ruedas. ¿Entonces? Pues “hay que sacar medio minuto de ventaja para rematar el esfuerzo con posibilidades”.
El mejor piloto de Maserati se compromete a sacar el medio minuto para poder ganar.
Y cumple. Cuando se detiene llevaba 29 segundos, pero sus mecánicos, hombres de carne y hueso, trabajaban nerviosos. Y demoraban 1m18s antes de colocar al coche número 1 nuevamente en pista. Su piloto tenía dos Ferrari adelante: Hawthorn y Collins ¿Cómo ganarles?

Había una manera. Mejorar una vuelta con otra. Sumar un récord tras otro. El piloto lo haría.
Era azuzado por su jefe de equipo, quien le aseguraba que sólo había una Ferrari adelante. Cuando el piloto alcanzaba la mejor posición, se topaba con dos coches en lugar de uno.
Y debería desbordar primero a uno y después al otro. Lo haría como si él no fuera de carne y hueso. Pero era Fangio. A partir de ahí, se vió la más contundente, maravillosa e inigualable demostración de Fangio de su talento, realizando 9 vueltas de antología, batiendo el récord de la pista en todos los giros que realizó y descontando una ventaja que, tras salir del cambio de gomas, parecía indescontable.
Es preciso aclarar, estimado lector, que estamos hablando de 1957, donde la tecnología era nula, las medidas de seguridad se encontraban en la época del paleolítico y los pilotos manejaban con camisa y un casco que apenas les cubría una parte de la cabeza, sin cubre cuello, cockpits diseñados para evitar fracturas o carrocerías indestructibles. Estaban rodeados de metal y nafta. No había camas de leca ni fila de neumáticos para contener a los autos en una salida de pista. Y la categoría se cobraba, como mínimo, una víctima por año.
En ese contexto materializó esa hazaña Juan Manuela Fangio. Que tuvo el coraje y la perseverancia de no rendirse ante las dificultades que padeció en el box. Que se recuperó, manejó como los dioses y superó a Collins primero y a Hawthorn después, quienes poco pudieron hacer ante semejante demostración de superioridad por parte del piloto de Maserati. Y se distanció 4 segundos para ganar con la misma tranquilidad con la que había manejado la tercera parte de la carrera hasta el retraso obligado. Aquella fue su última victoria en la Fórmula Uno, la n° 24, la mejor de todas. Y una vez concluida la carrera, mientras más de 200.000 alemanes frotaban sus palmas rindiéndole pleitesías al mejor piloto que tuvo la categoría en el siglo pasado. Fue llevado en andas por la pista mientras no podía contener las lágrimas, ante semejante reconocimiento. Que se hizo extensivo por parte de sus rivales, quienes no dejaron de elogiar al argentino. Y vale la pena destacar la reflexión de Mike Hawthorn, al finalizar la competencia: “Era inútil contenerlo. Si no me hubiera corrido a un costado, el viejo me hubiera pasado por arriba”

Ese 4 de agosto de 1957 quedó marcado a fuego entre los fanáticos de las historias del pasado de la Fórmula Uno. En estos tiempos, proezas como estas prácticamente no tiene cabida en la máxima categoría y salvo excepciones, todo depende de la tecnología o una buena estrategia. Por eso, el triunfo de Fangio en Nurburgring, en la era de la prehistoria de la Fórmula Uno, merece ser recordado como esos instantes inolvidables que nos ha brindado este maravilloso deporte motor.
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